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La regulación puede ser inútil,
ser una solución o ser un problema. Se ha dicho que en
la Unión Europea hay riesgo de regulación excesiva,
pero, según el autor, ese exceso ya se da en la
actualidad. Y además se trata de una exuberancia que,
paradójicamente, coexiste con áreas sin regular.
La regulación, junto con
los usos y costumbres y las agencias y organismos públicos
configuran el metamercado, que es el entorno en que se
desarrolla la vida social y económica. En esa atmósfera,
y siempre que se respetan los derechos, se cumplen los
contratos y se aplican las leyes, la asunción de
riesgos es más fácil y florece el mercado que da lugar
al progreso económico y la libertad personal. Sin
embargo, de igual modo que no podríamos sobrevivir en
una atmósfera de oxígeno puro, el exceso de regulación
frena la actividad económica y detrae recursos y tiempo
de la actividad productiva para derrocharlos en
cumplimentar formularios, trámites y gestiones que no añaden
valor.
Junto con la rigidez
laboral y la presión fiscal, la carga impuesta por la
regulación explica el diferencial de crecimiento entra
la UE y EE UU. Se ha dicho que en Europa hay riesgo de
overegulation (regulación excesiva), pero no debe haber
temor al respecto, pues de hecho ya hay exceso de
regulación. Sin embargo, se da la paradójica situación
de que esa exuberancia coexiste con áreas sin regular,
a pesar del más solemne compromiso al respecto, como
ocurre con la regulación del ejercicio del derecho de
huelga, mandatado por la Constitución hace 27 años sin
resultados hasta el momento.
Según la base de datos
de Aranzadi, el número de leyes orgánicas y
ordinarias, reales decreto-ley y leyes forales no
derogadas y, por tanto exigibles, aprobadas desde el 1
de enero de 1862 hasta el 1 de enero de 2005 es de
9.927. El de reales decretos desde 1927 hasta 2004 es de
10.783. Y el número de reales decretos legislativos y
de decretos legislativos (autonómicos) es de 152. En
conjunto, el total asciende a 20.862. Quedan fuera las
órdenes ministeriales y otros instrumentos de menor
rango y, también, hay que añadir el flujo regulatorio
procedente de Bruselas. Las empresas deben recurrir a
asesores legales, fiscales y medioambientales,
consejeros de prevención de riesgos laborales, de
protección de datos personales y otros.
La regulación no es una
panacea, puede ser una solución, ser inútil o ser un
problema. La complejidad de las relaciones económicas y
sociales hace que, como explicó George J. Stigler, esta
sea su tesis fundamental: 'No sabemos cómo conseguir un
objetivo concreto. Desconocemos la relación entre las
políticas públicas que adoptamos y los efectos que
esas políticas están orientadas a lograr'.
Esto es así por
reacciones inesperadas y contrarias de las personas, por
insuficiencia o exceso de dosis, por incoherencia con
otras políticas o por no relacionarse con lo
perseguido.
Las personas cambian de
conducta y los vínculos que eran estables en el pasado
no son eternos. En cambio, sabemos que el coste de
cumplimiento de la regulación es alto y que, por tanto,
antes de adoptarla debe tenerse en cuenta y si se duda
del resultado lo mejor es abstenerse.
También se sabe que
eliminar regulaciones redundantes y simplificar las
existentes es una bendición. La prueba está en el
proceso iniciado con las medidas de política económica
de 1994: actualización de los alquileres congelados,
flexibilización relativa del mercado de trabajo,
privatizaciones, otorgamiento de independencia al Banco
de España y control del gasto público, entre otras.
Esa orientación se mantuvo y amplió con la conversión
en norma del acuerdo interconfederal de 1997 que dio
lugar al contrato de fomento del empleo. El resultado se
plasmó en forma de convergencia con la UE en renta per
cápita, reducción del paro, eliminación de déficit público
y caída del peso de la deuda respecto al PIB. Nuevos
avances en esa línea ayudarían a mantener el proceso.
En la actualidad hay
aspectos preocupantes, no por vuelta atrás, sino por
pasos en la dirección equivocada. Un caso es el
Proyecto de la Comisión Europea para crear la Red
Natura 2000, que protege zonas naturales (en algunas
regiones españolas superan el 30% del territorio),
limita las opciones de agricultores y otros usuarios del
terreno, cercena prerrogativas municipales y autonómicas
y afecta a la ordenación del territorio. La restricción
al uso de la propiedad la devalúa y la limitación de
actividades reduce la producción.
En el mismo sentido va el
intento de regular la certificación de empresa
responsable, de coste alto e impacto dudoso. Esa
propuesta, cuando arrecia la competencia externa y hay
un déficit exterior récord que alerta sobre las
deficiencias a corregir, es inapropiada pues aumenta
costes que no favorecen la presencia en el mercado y
acota las mil vías por las que se pueden adoptar
iniciativas para ir más allá de la ley en beneficio de
la sociedad, con la ventaja adicional de evitar el
fariseísmo que proclama los méritos propios reales o
supuestos en un ámbito donde modestia y discreción son
virtudes complementarias valiosas.
Joaquín
Trigo (Director ejecutivo de Fomento del Trabajo
Nacional)
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