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El mercado laboral no puede
seguir absorbiendo flujos migratorios espontáneos. Es precisa
una solución antes de que afecte negativamente a nuestra
economía.
La inmigración es un fenómeno
común a las principales economías desarrolladas, pero en el
caso de España se ha producido en un espacio temporal de unos
pocos años y lo ha hecho de una manera brusca. Según el padrón
municipal de 2005, en nuestro país residen 3.700.000
extranjeros sobre un censo total de poco más de cuarenta y
cuatro millones de personas.
Es decir, los inmigrantes han pasado a convertirse casi en el
nueve por ciento de la población española. En cuanto a su
distribución actual, Andalucía, Cataluña y Madrid son las
comunidades que más acogen. Según los datos oficiales, entre
las tres hay cerca de dos millones de personas. Es decir,
aquellas comunidades más dinámicas en servicios y construcción
son las que atraen más inmigrantes.
La importancia para nuestro mercado de trabajo lo
demuestra el hecho de que la población extranjera tiene una
tasa de actividad del 73,85 por ciento, frente al 56,12 por
ciento de los españoles. La magnitud de su contribución a la
economía la podemos comprender si atendemos a que cerca de un
tercio de los casi 6,7 millones de empleos creados desde 1996
son ocupados por extranjeros. Según datos del servicio de
estudios de la Asociación de Grandes Empresas de Trabajo
Temporal (Agett), el trabajo de los inmigrantes ha generado
algo más del once por ciento del Producto Interior Bruto.
En sectores productivos concretos, como la construcción, su
influencia es doble. Por un lado, uno de cada cinco
trabajadores es inmigrante y son el 36 por ciento de los
nuevos ocupados. Pero, atendiendo al consumo, la demanda de
viviendas para comprar o alquilar por parte de este tipo de
población se sitúa entre 750.000 y un millón.
Por lo tanto, este fenómeno ha sido uno de los motores del
modelo de crecimiento extensivo de nuestra economía y su
efecto demográfico ha logrado incluso retrasar el umbral de
riesgo del mantenimiento financiero de las pensiones. Sin
embargo, es irreal pensar que esta situación va a mantenerse
así de forma permanente. Debemos actuar y aceptar el desafío
de aprovechar las ventajas de una inmigración ordenada, legal
y adaptada a las necesidades de las empresas.
Efecto social
Nuestro mercado laboral no puede seguir absorbiendo flujos
migratorios espontáneos. Al mismo tiempo, tenemos que cuidar
especialmente su efecto social para que no se produzcan
circunstancias desagradables, como las acaecidas hace no
demasiado tiempo en Francia. Porque no hay nada más
antisocial que permitir que llegue un inmigrante a nuestro país
con la idea de que va a encontrar un empleo y condenarlo a
trabajar en la precariedad (salarios bajo convenio, falta de
seguridad laboral, ausencia de garantías) de la llamada
economía informal.
Resulta urgente que las autoridades aborden la regulación
laboral de estos trabajadores y acometan un proceso ordenado
de afluencia ligado a las necesidades del mercado de trabajo.
Para ello, el mecanismo más útil es la contratación en sus
países de origen de los perfiles demandados por nuestro
tejido productivo. La idea sería que allí se produjera el
reclutamiento, la selección y la formación, para que
llegaran a nuestro país con un contrato.
Es necesaria una apuesta decidida del Gobierno por agilizar la
carga burocrática y poner en marcha mecanismos ágiles de
contratación. Resulta crítico que la tramitación de
autorizaciones se pueda hacer de forma más rápida. Aunque el
nuevo reglamento permite una mayor adaptación, es difícil
que, de forma general, sea tan rápida como exige el cambiante
mercado laboral. La economía globalizada en la que estamos
inmersos exige realizar de forma casi inmediata un ajuste
exacto entre lo previsto y lo real.
Asimismo, es fundamental que las autoridades busquen
operadores con conocimiento que puedan corresponsabilizarse de
esta tarea con eficacia y garantías. El reto está ante
nosotros. Lo mejor es empezar a abordarlo ahora, antes de que
se haya convertido en un problema y afecte negativamente a
nuestra economía y sociedad.
Francisco
Aranda
Secretario general de Agett.
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