Mayo de 2006

 

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  Espacios de trabajo: más allá de la ergonomía

Todo el mundo sabe que se rinde mucho menos en una oficina mal concebida y peor equipada que en otra cuya planificación del espacio y los elementos materiales sea más adecuada. Los equipos, el mobiliario y su distribución son factores de peso en la productividad de una plantilla. Las combinaciones y las recetas son múltiples, y realizar hoy día una planificación correcta en este sentido es tarea compleja.

 

Efectivamente, en la actualidad, los mínimos de equipamiento y confort de una oficina los fija el sentido común y, en algún caso, la legislación laboral referida a la prevención de riesgos. Pero los límites máximos en este terreno son mucho más flexibles.

 

Hay propuestas de variada índole: aquellas que propugnan la adopción de técnicas orientales sobre la orientación y disposición de los elementos y el mobiliario, de acuerdo con el magnetismo terrestre y demás variables supuestamente naturales (el célebre Feng-shui); otras que prefieren hacer énfasis en los materiales y su adecuación ergonómica, de manera que sillas, mesas y demás elementos eliminen pequeñas pero persistentes molestias posturales que puedan degenerar en lesiones músculo-esqueléticas; o las que prefieren, en fin, insistir en la decoración, y en lo que se ve (colores, formas, iluminación) pero que rara vez se repara conscientemente en ello, aunque se dice influyen en la manera de trabajar.

 

Todas estas propuestas incorporan soluciones que pueden resultar beneficiosas y elevar el bienestar y la calidad en el lugar de trabajo y, por ende, la productividad. Pero hay pocas evidencias, por no decir ninguna, que permitan corroborar de manera inequívoca y objetiva una determinada actuación en la calidad y la distribución espacial con mejoras en el desempeño de las tareas, el trabajo coordinado o la eficacia en la gestión general de una organización.

 

El tema es ya antiguo, y los primeros expertos que investigaron las posibles relaciones entre entorno y resultados laborales obtuvieron resultados un tanto desconcertantes. A ello hacía alusión un reciente artículo en La Gaceta de los Negocios, en el que se recordaba lo que había ocurrido ya en 1925 cuando en EE UU se abordó una investigación destinada a ilustrar los efectos que el ambiente físico de trabajo podría tener sobre la eficiencia del empleado.

 

Las pesquisas se hicieron en la planta de la Western Electric Company de Hawthorne (Illinois), y se descubrió que las condiciones sociopsicológicas del ambiente laboral podían tener mucha más importancia que las condiciones físicas. Se comprobó, por ejemplo, que la eficiencia de un grupo de obreros permanecía inalterada al cambiar la iluminación y dejar casi a oscuras el lugar de trabajo, lo cual indicaba que había otros factores, más sutiles y enigmáticos, que hacían que los obreros conservaran su productividad original.

 

En otro caso, al aumentar la iluminación, se elevaron los niveles de productividad. Pero el resultado más sorprendente se constató cuando se eliminaron todas las mejorías y la producción siguió creciendo. Se llegó a la conclusión de que los aspectos físicos del ambiente tenían menos importancia de la que se les había atribuido.

 

Hoy día siguen sin aparecer con claridad las causas que, estando todos los demás factores inalterables (dirección de las personas, plantillas homogéneas, ausencia de crisis empresariales, etc.), provocan empeoramiento o mejoras en el ambiente laboral. Es cuestión de ir probando distintas opciones y, como hemos dicho, aunque cada experto tiene su propia receta, todos están de acuerdo en que el espacio de trabajo y sus elementos influyen en el desempeño de la gestión.

 

Una de las propuestas más novedosas se recogía recientemente un breve informe publicado en el semanario Actualidad Económica. Aunque en la mayoría de las oficinas y locales de trabajo es frecuente encontrar alguna macetita en las mesas personales o un buen tiesto en un rincón de las zonas comunes, hay ahora una línea de actuación que se basa en las supuestas virtudes de ciertas especies vegetales, estéticamente decorativas a la par que preventivamente saludables.

 

Se asegura que un reciente estudio realizado por la Unión Europea ha encontrado que la presencia de ciertas plantas en el lugar de trabajo reduce la irritación de los ojos hasta un 15 por ciento, calma el dolor de garganta, la tos y la fatiga (en más de un 30 por ciento), y aminora hasta la mitad los dolores de cabeza.

 

Otros análisis, realizados, todo hay que decirlo, por empresas dedicadas al mantenimiento de plantas en interiores, insisten en que las plantas en los lugares de trabajo y centros de estudio reducen el estrés y la falta de atención de los usuarios.

 

Pero no sirve cualquier tiesto. Ya se sabe qué especies son más beneficiosas y para qué. De esta forma, se habla de la gerbera, una planta norteafricana, que es de las especies que más purifican el aire en un espacio cerrado. O el más conocido y tradicional ficus, que antaño ayudaba a extinguir el olor a tabaco (ahora ya no se fuma) y dotaba de cierta limpieza y frescura al ambiente. De los pequeños y ariscos cactus se decía antes que atenuaban las malas (aunque escasísimamente potentes) radiaciones de las pantallas de los ordenadores; ahora no se insiste en esto pero se afirma que combate las cefaleas y la alteración del sueño.

 

Quizá más interesantes sean las propiedades de las hiedras y las plantas del dátil. De ambas, pero sobre todo de la primera, se asegura que poseen una alta capacidad depuradora, pues absorben especialmente bien las emanaciones de ordenadores, fotocopias e impresoras.

Excmo. Colegio Of. de Graduados Sociales de Alicante