Todo
el mundo sabe que se rinde mucho menos en una oficina mal
concebida y peor equipada que en otra cuya planificación del
espacio y los elementos materiales sea más adecuada. Los
equipos, el mobiliario y su distribución son factores de peso
en la productividad de una plantilla. Las combinaciones y las
recetas son múltiples, y realizar hoy día una planificación
correcta en este sentido es tarea compleja.
Efectivamente,
en la actualidad, los mínimos de equipamiento y confort de
una oficina los fija el sentido común y, en algún caso, la
legislación laboral referida a la prevención de riesgos.
Pero los límites máximos en este terreno son mucho más
flexibles.
Hay
propuestas de variada índole: aquellas que propugnan la
adopción de técnicas orientales sobre la orientación y
disposición de los elementos y el mobiliario, de acuerdo con
el magnetismo terrestre y demás variables supuestamente
naturales (el célebre Feng-shui); otras que prefieren hacer
énfasis en los materiales y su adecuación ergonómica, de
manera que sillas, mesas y demás elementos eliminen pequeñas
pero persistentes molestias posturales que puedan degenerar en
lesiones músculo-esqueléticas; o las que prefieren, en fin,
insistir en la decoración, y en lo que se ve (colores,
formas, iluminación) pero que rara vez se repara
conscientemente en ello, aunque se dice influyen en la manera
de trabajar.
Todas
estas propuestas incorporan soluciones que pueden resultar
beneficiosas y elevar el bienestar y la calidad en el lugar de
trabajo y, por ende, la productividad. Pero hay pocas
evidencias, por no decir ninguna, que permitan corroborar de
manera inequívoca y objetiva una determinada actuación en la
calidad y la distribución espacial con mejoras en el desempeño
de las tareas, el trabajo coordinado o la eficacia en la gestión
general de una organización.
El
tema es ya antiguo, y los primeros expertos que investigaron
las posibles relaciones entre entorno y resultados laborales
obtuvieron resultados un tanto desconcertantes. A ello hacía
alusión un reciente artículo en La Gaceta de los Negocios,
en el que se recordaba lo que había ocurrido ya en 1925
cuando en EE UU se abordó una investigación destinada a
ilustrar los efectos que el ambiente físico de trabajo podría
tener sobre la eficiencia del empleado.
Las
pesquisas se hicieron en la planta de la Western Electric
Company de Hawthorne (Illinois), y se descubrió que las
condiciones sociopsicológicas del ambiente laboral podían
tener mucha más importancia que las condiciones físicas. Se
comprobó, por ejemplo, que la eficiencia de un grupo de
obreros permanecía inalterada al cambiar la iluminación y
dejar casi a oscuras el lugar de trabajo, lo cual indicaba que
había otros factores, más sutiles y enigmáticos, que hacían
que los obreros conservaran su productividad original.
En
otro caso, al aumentar la iluminación, se elevaron los
niveles de productividad. Pero el resultado más sorprendente
se constató cuando se eliminaron todas las mejorías y la
producción siguió creciendo. Se llegó a la conclusión de
que los aspectos físicos del ambiente tenían menos
importancia de la que se les había atribuido.
Hoy
día siguen sin aparecer con claridad las causas que, estando
todos los demás factores inalterables (dirección de las
personas, plantillas homogéneas, ausencia de crisis
empresariales, etc.), provocan empeoramiento o mejoras en el
ambiente laboral. Es cuestión de ir probando distintas
opciones y, como hemos dicho, aunque cada experto tiene su
propia receta, todos están de acuerdo en que el espacio de
trabajo y sus elementos influyen en el desempeño de la gestión.
Una
de las propuestas más novedosas se recogía recientemente un
breve informe publicado en el semanario Actualidad Económica.
Aunque en la mayoría de las oficinas y locales de trabajo es
frecuente encontrar alguna macetita en las mesas personales o
un buen tiesto en un rincón de las zonas comunes, hay ahora
una línea de actuación que se basa en las supuestas virtudes
de ciertas especies vegetales, estéticamente decorativas a la
par que preventivamente saludables.
Se
asegura que un reciente estudio realizado por la Unión
Europea ha encontrado que la presencia de ciertas plantas en
el lugar de trabajo reduce la irritación de los ojos hasta un
15 por ciento, calma el dolor de garganta, la tos y la fatiga
(en más de un 30 por ciento), y aminora hasta la mitad los
dolores de cabeza.
Otros
análisis, realizados, todo hay que decirlo, por empresas
dedicadas al mantenimiento de plantas en interiores, insisten
en que las plantas en los lugares de trabajo y centros de
estudio reducen el estrés y la falta de atención de los
usuarios.
Pero
no sirve cualquier tiesto. Ya se sabe qué especies son más
beneficiosas y para qué. De esta forma, se habla de la
gerbera, una planta norteafricana, que es de las especies que
más purifican el aire en un espacio cerrado. O el más
conocido y tradicional ficus, que antaño ayudaba a extinguir
el olor a tabaco (ahora ya no se fuma) y dotaba de cierta
limpieza y frescura al ambiente. De los pequeños y ariscos
cactus se decía antes que atenuaban las malas (aunque escasísimamente
potentes) radiaciones de las pantallas de los ordenadores;
ahora no se insiste en esto pero se afirma que combate las
cefaleas y la alteración del sueño.
Quizá
más interesantes sean las propiedades de las hiedras y las
plantas del dátil. De ambas, pero sobre todo de la primera,
se asegura que poseen una alta capacidad depuradora, pues
absorben especialmente bien las emanaciones de ordenadores,
fotocopias e impresoras.
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